Domingo 8 de enero, 2012.
A quien corresponda:
con suerte y está PRESENTE.
Recientemente he estado atrapada en mis pensamientos... tenía semanas dando vueltas una y otra vez a las mismas situaciones que han acontecido en mi vida a nivel personal, pues verán, aunque mi regreso a México ha sido bastante disfrutable, mi nivel de actividad continúa siendo muy bajo; así que para entretenerme, había estado recurriendo a mi mente y ahí me ven, pensando las cosas de manera redundante y peor que todo, sin cambiar ni un cabello de esa misma situación en mi vida real.
La mente tiene el poder de construir y destruir a placer y voluntad verdadera, y cuando no crea nada nuevo, las cosas permanecen como las habíamos ideado desde un principio, desde la concepción de aquello que nació en un pensamiento.
Así envejecemos... creando y des-creando universos paralelos todo el tiempo. Universos donde tomamos las decisiones que no nos atrevemos a tomar, donde tenemos el cuerpo que no nos disciplinamos a tener, siendo la versión mejorada de lo que somos hasta el momento y culpándonos por no habernos mudado de universo para dejar éste, donde somos la versión que anhelamos fuera la anterior, pero no es así. Digo que así envejecemos, porque la culpa que sentimos por no estar tomando las decisiones que serían perfectas, nos hace encorvar el cuerpo, esperar más y pensar menos de nosotros mismos.
Cualquier ser humano se haría pequeño a un lado de el ser humano que tú esperas de tí; a menos que tu concepto de ti mismo rebase tus capacidades; aunque en ese preciso momento, ya serías superior que ellas por el sólo hecho de concebirte mejor de lo que eres... después de todo, el cuerpo va a donde la mente se dirige.
Por eso pienso que es bueno tener un año nuevo, porque nos da la chance -a nivel social- de hacer una breve pausa para reestructurar aquello que queremos ser, hacer y tener. Humana y tristemente, los propósitos generalmente se diseñan en ese orden, pero a la inversa: primero queremos tener cosas, luego hacer cambios y al final ser... ser lo que sea, pero éste propósito queda siempre al pie de la lista.
Lo que a veces se nos olvida es que el ser viene primero. No nos culpo como individuos, pues vivimos en una sociedad donde el término ni siquiera está claramente definido. Hay discursos que argumentan que ser tiene que ver con respirar, con poseer vida, otros que aseguran que va relacionado a cuestiones de tiempo-espacio, y otros que juran que con el alma... ¿Cómo vamos a definirnos una meta cuando ésta no nos queda clara?
Para mí, ser consiste en ser, valga la redundancia. Es estar presente y ser lo que siento, lo que creo, lo que soy... todo sin miedos. Opinar lo que pienso sin temor a que me juzguen, ponerme lo que quiero sin privarme por cómo me miren, actuar de acuerdo a mis deseos y convicciones antes que actuar para callar o complacer a los demás...y es que todas nuestras acciones están consciente o inconscientemente controladas por nuestra voz interna. Esa voz en forma de pensamiento, que siempre aconseja partiendo desde un punto y hacia un sólo destino: el ego, que no nos deja ser.
Es difícil ignorarla pues está dentro de nuestra cabeza, sale de la racionalidad y nos dice qué hacer, cómo actuar, qué decir y qué callar. En ocasiones somos lo suficientemente autónomos como para ignorarla y expresar las cosas desde otro órgano, el corazón. Es por eso que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, porque ignoran esa voz que funge como la coladera de nuestros actos y pensamientos.
Los niños y los borrachos saben -a diferencia de uno- que la coladera tiene una sola función, aunque trabaja con dos mecanismos:
i) podemos separar y tirar lo que queda dentro de ella, como cuando colamos jugo de naranja y tiramos las semillas;
ii) pero es también cierto que en ocasiones lo que queda dentro es lo que debemos conservar, como cuando estilamos una pasta para que nos quede al dente.
El chiste es abrir los ojos para darnos cuenta de que esa coladera no es lo que soy yo, sino lo que socialmente se espera de mí. El asunto aquí, es estar consciente de su existencia y saber que no siempre su criterio es el mejor. Si dejamos que la voz de nuestra cabeza cuele todo y tire el "bagazo" a su voluntad, seguramente estaremos dejando ir muchas oportunidades de haber comido una buena pasta... de haber dicho lo que sentimos o de haber actuado como deseábamos.
No dejemos que la coladera trabaje en piloto automático, manejemos estándar. Tengamos más control sobre nosotros, guiemos nuestras decisiones no desde un ego-personalidad, sino desde un ser-sentir y también pensar. Me es importante mencionar que no estoy incitando al actuar impulsivamente, sino a que hagamos el intento de discernir, de darnos cuenta que origen tienen nuestros pensamientos, si nacen desde el miedo, del ego o si provienen del amor.
Creo en la vida como si fuese un libro. Cada página contiene cosas que necesitamos vivir, que elegimos experimentar. Creo firmemente que no hay nada de malo en experimentar cualquier cosa que nuestra página traiga consigo, pues la experiencia te hace conocer, saber, crecer, evolucionar...
El asunto se complica cuando aquello que experimentamos en alguna de las páginas, nos gustó en demasía y comenzamos a ciclarlo: un cigarro, una comida, una bebida, lastimar a una persona, o ser víctimas para obtener lo que buscamos.
Yo pienso que el hombre vive a través de usos y gratificaciones, sabemos utilizar nuestros recursos para que nos den lo que precisamos en ese momento. No creamos ser el mejor amigo porque siempre ayudamos a las amistades, las relaciones son avenidas en dos direcciones: tanto él necesita de tu ayuda, como tú necesitas ayudarle. Dejemos de ser engreídos, no le estás haciendo ningún favor a nadie, así que deja ese complejo de superioridad que se disfraza de alma caritativa.
Volviendo a la situación complicada, si ciclamos alguna experiencia, evitamos cambiar de página, posponemos experiencias nuevas, dejando de aprender, de conocernos. Es por eso que tenemos que estar presentes, para fin de sentir todas aquellas sensaciones, respirar esos olores, escuchar los sonidos más sutiles, y así leer cada letra, en cada palabra, de cada una de nuestras páginas... para poder darle vuelta habiendo comprendido la primera en su totalidad. Si permaneces en la misma página, leyendo el mismo párrafo por mucho tiempo, es porque no estás prestando atención a los signos de puntuación, a las comas y a veces hasta te comes las palabras, como suele ser mi caso.
Estamos errados desde el momento en que no estamos presentes. Deja de recordar páginas anteriores, permanece presente en donde estés, pues- si no estamos aquí, tampoco en ninguna parte. Y entonces, ¿para qué respirar si no he de vivir?
Vive, respira, déjate fluir.
Y a ver si escribiendo ésto, me es más fácil recordarlo.